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Afflicted, el controvertido documental de Netflix sobre enfermedades raras, salud mental y pseudociencias

Hay historias que, las cuentes como las cuentes, nadie va a estar satisfecho con el resultado. Algo por el estilo es lo que ha ocurrido tras el estreno del Afflicted, el nuevo documental de Netflix en el que se recogen siete historias de pacientes con unas supuestas enfermedades crónicas no reconocidas por la medicina tradicional. Síntomas desconcertantes, diagnósticos polémicos y costosos tratamientos: este es el camino seguido por Dan Partland, director del documental, para explicar estas inverosímiles historias de pacientes que argumentan padecer  sensibilidad crónica a la electricidad, a los productos químicos o al moho. A partir de ahí (spoiler alert), un intento de entender el dolor de estas personas y, paralelamente, contrastar estas historias con la evidencia científica que respalda (o no) su discurso.

Tras el estreno del documental, que salió a la luz el 10 de agosto, las redes estadounidenses se inundaron de críticas. Para aquellos con una mirada más científica, el documental pecaba de otorgar demasiada credibilidad a las historias de estos pacientes. Para otros, mucho más afines a creer en estas patologías, la producción fallaba en achacar muchas de estas dolencias a una enfermedad mental. En esta eterna discusión entre dos mundos, pocos fueron los que elogiaron la dualidad de 'Afflicted', serie en la que a través de siete capítulos (de aproximadamente 40 minutos) se tratan temas como la identidad de estos pacientes, su entorno familiar, el coste de sus tratamientos y la relación entre la mente y el cuerpo.

Polémicos diagnósticos

Carmen explica tener electrohipersensibilidad, una enfermedad crónica que le impide estar en contacto con cualquier dispositivo eléctrico u onda electromagnética. Jaminson relata cómo su síndrome de fatiga crónica le ha llevado a permanecer dos años sin levantarse de la cama. Bekah cuenta por qué tras descubrir que tenía una sensibilidad crónica al moho tuvo que irse a vivir a una caravana en medio del desierto. Star narra su viacrucis por más de 12 diagnósticos diferentes para explicar sus espasmos musculares. Jake dice padecer una enfermedad crónica de Lyme aún no correctamente diagnosticada por los médicos. Pilar asegura sufrir una sensibilidad química crónica que le impide hacer una vida normal. Jill achaca sus dolencias a una aún desconocida enfermedad relacionada con una sensibilidad crónica a los químicos, los metales y el moho presente en el ambiente.

En todos estos casos, el quid de la cuestión se halla en la contraposición de relatos. Mientras que los pacientes aseguran estar padeciendo una enfermedad crónica que corroe sus cuerpos de manera invisible, los expertos certifican que gran parte de estas dolencias se deben a una enfermedad mental. Es decir, que el dolor de estas personas se origina en su mente y no en su cuerpo. Algo que, para muchos pacientes, es difícil de aceptar. Razón por la cual emprenden su personal viaje en busca de una explicación que valide su dolor.

“La medicina tradicional me ha abandonado. Los doctores no creen que esté sufriendo y yo necesito a alguien que entienda mi dolor”, explica entre lágrimas Bekah, unas de las personas cuya supuesta enfermedad queda reflejada en este documental. “Estas enfermedades surgen de una disfunción mental que posteriormente se ve reflejada en el cuerpo. Está claro que el cerebro puede producir dolor”, argumentan los expertos.

El coste de las pseudociencias

En su personal búsqueda por una solución que aplaque su dolor, todos estos pacientes emprenden su personal odisea entre expertos, diagnósticos y tratamientos. Y todos, en un momento u otro de su enfermedad, acaban cayendo en manos de terapias pseudocientíficas que no tan solo no cuentan con ningún aval científico sino que, además, son vendidas a precios de oro. “Para solucionar tu problema deberás gastarte unos 10.000 dólares por tratamiento. Sé que es mucho dinero, ¿pero es realmente tanto si lo comparas con toda una vida sin sufrimiento?”, comenta una de las gurús entrevistadas a Jill, una paciente que cree que cambiando por completo su dentadura dejará de canalizar la electricidad que la está matando.

En el caso de Jill, su personal búsqueda por una solución la ha llevado a renovar su hogar por un valor de 60.000 dólares (más 90.000 pendientes para finalizar las obras), además de centenares de dólares semanales en infusiones, batidos y pastillas para paliar con unos síntomas que, según apuntan los profesionales médicos, no existen. Star afirma haberse gastado cerca del medio millón de dólares para hacer frente a su enfermedad mediante terapias basadas en suplementos, pastillas y tratamientos de ozono. Pilar cuenta que su marido, tras agotar los ahorros de una vida, ha tenido que buscar dos trabajos adicionales para hacer frente a los costes de sus terapias, en las que se incluyen sesiones de sanación energética a través de teléfono.

“Si realmente te vas a gastar todo este dinero, lo mínimo es que al menos tengas pruebas de que va a funcionar”, comenta uno de los expertos entrevistados. “Lo que está claro es que nadie quiere estar enfermo. Y cuando sientes que lo estás lo único que necesitas es alguien que te valide como ser humano, aunque al final veas que te está vendiendo algo que no tiene ni pies ni cabeza”, concluye.

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